Rosa Mateus
Cuando pienso en mi camino dentro de la Asociación y de la Familia Salesiana, la primera palabra que me surge es acompañar. Don Bosco soñó con un ambiente donde los jóvenes se sintieran en casa, rodeados de personas que creyeran en ellos, acompañados. Ese sueño, nacido hace ciento cincuenta años, sigue vivo hoy gracias a la dedicación humilde y confiada de tantos miembros de los Salesianos Cooperadores. Formar parte de este movimiento no es solo colaborar en actividades: es asumir un estilo de vida para los demás.
Mi experiencia como coordinadora y en la SER me permitió comprender que educar, animar y servir es siempre un trabajo en equipo. En cada proyecto, en cada reunión y en cada decisión, confirmamos que el carisma salesiano crece cuando se vive en comunidad. No somos piezas aisladas, sino una red de personas unidas por el mismo camino: la pasión por los jóvenes y por el Evangelio. Y esa unión, tan salesiana, transforma realidades.
A lo largo de mi recorrido en la SER, encontré personas que empezaron siendo simples compañeros de equipo y que, con el tiempo, se convirtieron en amigos. Entre reuniones, proyectos, desafíos y momentos de oración, fuimos creando lazos que nacieron del compartir sincero y del deseo común de servir.
La Familia Salesiana reúne vocaciones y nos aporta, desde cada una de sus ramas, una perspectiva única y diferente. Cuando trabajamos juntos, vivimos, en pequeña escala, aquello que Don Bosco soñó: una familia grande, alegre, humana y espiritualmente comprometida.
Ser coordinadora también me enseñó la importancia de la escucha. Muchas veces, antes de organizar una actividad o tomar una decisión, lo más valioso es detenerse y escuchar: escuchar a los jóvenes, escuchar a los animadores, escuchar a quienes llevan muchos años dedicando su vida a este carisma. En cada historia descubro algo nuevo: una motivación, un sufrimiento, una esperanza. Esa escucha transformó mi manera de acompañar y me ayudó a comprender que lo esencial no es hacer más, sino estar mejor.
Los SSCC tienen un papel precioso dentro de la misión salesiana: somos puente entre la vida cotidiana y la espiritualidad de Don Bosco. Llevamos el carisma a nuestras casas, a nuestros trabajos, a nuestras relaciones. Y, al mismo tiempo, traemos al ambiente salesiano la realidad concreta del mundo en que vivimos. Esa doble presencia es una oportunidad para irradiar la bondad, la alegría y la fe sencilla que María Auxiliadora inspira.
Mirando hacia el futuro, veo muchos desafíos, pero aún más posibilidades. Los jóvenes necesitan espacios donde se sientan acogidos, acompañados y escuchados. Y nosotros, como Salesianos Cooperadores, tenemos una enorme responsabilidad: ofrecer un hogar espiritual, un clima de confianza y un camino de crecimiento personal y cristiano.
Seguir formando parte de esta Asociación no es solo un compromiso; es una gracia. Una invitación diaria a educar con el corazón, a servir con alegría y a mantener vivo el sueño de Don Bosco, en el lugar concreto donde cada uno de nosotros ha sido llamado a estar..