Isabel Pérez Sanz

Queridos hermanos y hermanas:

Después de intentar, por dos veces, escribir el artículo para el Boletín sin sentirme inspirada, la Providencia de Dios, que siempre sale al paso, me llega con el regalo que nos ha ofrecido el Papa León XIV en su Catequesis del día 8 de octubre de 2025. Me permito extraer de ella este mensaje.

Nos invita a descubrir que la Resurrección de Cristo no se manifiesta en gestos espectaculares, sino en la sencillez del amor cotidiano. El Señor resucitado camina junto a nosotros en el silencio de lo ordinario, transformando el dolor en esperanza y la vida diaria en lugar de encuentro con Dios.

Nos invita también a contemplar un aspecto profundamente conmovedor del misterio pascual: la humildad de la Resurrección de Cristo. Lejos de los gestos extraordinarios o de las manifestaciones de poder, el Señor resucitado se presenta ante sus discípulos con la sencillez del amor cotidiano.

“El Señor resucitado no hace nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos. No aparece rodeado de ángeles, no hace gestos sensacionales, no pronuncia discursos solemnes para revelar los secretos del universo. Al contrario, se acerca discretamente, como un viandante cualquiera, como un hombre hambriento que pide compartir un poco de pan.”

Los evangelios muestran a un Cristo que se deja reconocer en los gestos más comunes: María Magdalena lo confunde con un jardinero; los discípulos de Emaús lo toman por un forastero; los pescadores lo ven como un simple transeúnte. En cada escena, el Resucitado elige la normalidad como lenguaje de cercanía.

Esta discreción no es un detalle menor, sino una clave de la fe cristiana. “La Resurrección no es un giro teatral”, afirma, “sino una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano”. Incluso cuando Jesús come un trozo de pescado ante los suyos, nos recuerda que nuestro cuerpo, nuestra historia y nuestras relaciones están llamados a la plenitud, no a ser descartados.

Como los discípulos de Emaús, a menudo caminamos tristes porque esperamos un Mesías sin cruz. Pero el Papa nos recuerda que el dolor no niega la promesa, sino que revela la medida del amor de Dios. Cuando los discípulos reconocen al Señor al partir el pan, descubren que su corazón ya ardía…

“Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios.”        El Papa concluye su catequesis con una invitación a la confianza: a reconocer la presencia humilde del Resucitado, a aceptar la vida con sus heridas, y a dejar que cada dolor se transforme en lugar de comunión.

En este mes haré una oración especial por León XIV y porque todos nosotros vivamos en sencillez y humildad.