Matrimonio HDB

“No basta amar; es preciso que el otro se sienta amado.” — San Juan Bosco

Hay palabras que solo se comprenden cuando se viven. “Dichosa herida” es una de ellas.

Durante mucho tiempo, esa frase nos habría resultado imposible de pronunciar.

Nuestra herida tiene nombre: una adicción que hirió el corazón de nuestra familia, que puso a prueba nuestro amor, nuestra confianza y nuestra fe.

Y, sin embargo, mirando hoy hacia atrás, podemos decirlo sin miedo: bendita herida, porque fue el lugar donde Dios empezó a entrar en casa.

Al principio no entendíamos lo que estaba pasando.

Cuando una herida así llega, descoloca a todos: el que la sufre se esconde, los que aman intentan sostener sin saber cómo.

Crees que bastará con fuerza de voluntad o con tiempo, pero el tiempo solo pesa más cuando se vive con miedo.

Llega la culpa, la rabia, el cansancio… y también el silencio.

Uno se siente roto, incapaz de mirarse, mucho menos de mirar a Dios.

Y, sin embargo, fue en ese desorden, en ese fondo, donde empezó a nacer algo nuevo.

El camino de sanación no ha sido inmediato, ni está terminado.

Aprendemos cada día a convivir con la fragilidad, sabiendo que Dios actúa incluso ahí.

Pasaron lágrimas, tropiezos y silencios antes de poder abrirnos a la ayuda.

Y fue ahí donde la presencia de las familias —las nuestras y las de Hogares Don Bosco— se hizo providencial.

Nos acogieron sin juicio, nos sostuvieron cuando no teníamos fuerzas, nos recordaron que Dios no se cansa de nosotros.

La palabra “misericordia” se hizo carne en esas familias: en sus gestos, en su escucha, en su abrazo.

A través de ellas entendimos que la ternura de Dios no es una idea, sino una presencia concreta que acompaña, sostiene y cura.

Gracias a esa experiencia, poco a poco fuimos comprendiendo que Dios no se asoma desde fuera, sino que entra en medio del caos para habitarlo con nosotros.

Solo entonces pudimos decirlo de verdad: no se trata de tener la casa en orden, sino de dejarla habitada.

No podíamos presentarnos ante Dios limpios, porque no lo estábamos.

Solo podíamos abrir la puerta de nuestra miseria y dejar que entrara su misericordia.

Hoy el perdón sigue siendo camino.

No tanto el perdón de los demás —que hemos sentido en abundancia—, sino el perdón hacia uno mismo, ese que cuesta más porque duele mirar adentro.

Aprendemos cada día a soltar la culpa y a creer que Dios puede amar incluso lo que nosotros no aceptamos todavía.

La fe no borra el pasado, pero lo redime: convierte las heridas en lugares donde puede brotar la ternura.

Seguimos en proceso, con paso lento pero seguro.

Y en medio de ese camino, descubrimos que el amor más puro es el que permanece cuando todo lo demás falla.

Las familias, cuando se acompañan desde la fe, se vuelven verdaderos talleres de resurrección.

Por eso podemos decir con esperanza: dichosa herida.

Dichosa, porque nos abrió los ojos al amor gratuito de Dios.

Dichosa, porque nos permitió sentir la misericordia hecha carne en quienes nos rodean.

Dichosa, porque nos enseñó que el perdón es más largo, más hondo y posible de lo que pensábamos.

Y dichosa, porque nos recordó que la casa más bonita no es la que está perfecta, sino la que está habitada por el amor que sana.

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12,10)