Borja Pérez Galnares

La Navidad es un tiempo de luz, de esperanza, de encuentro. Es la fiesta del Dios que se hace pequeño, que entra en nuestra historia no con estruendo ni poder, sino con la ternura de un niño. En este misterio de amor, la humildad y la alegría no son solo sentimientos que acompañan la celebración, sino caminos concretos para vivir y anunciar el Evangelio con estilo salesiano.

La humildad es la entrada de Dios al mundo. Así lo vemos en el relato del nacimiento de Jesús: María y José, peregrinos sin lugar, acogen la voluntad de Dios con sencillez; los pastores, los más humildes del pueblo, son los primeros en recibir el anuncio; y el mismo Hijo de Dios nace en un pesebre, en la pobreza de Belén. Como dice san Pablo: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Flp 2,6-7).

Esta humildad no es debilidad, sino fuerza del amor que se dona. Es la actitud de quien no se pone en el centro, sino que deja espacio al otro. Es la clave para construir relaciones auténticas, comunidades fraternas, y una Iglesia que no impone, sino que propone con mansedumbre. En palabras del Papa Francisco, “la humildad es la puerta de entrada a la fe, y la alegría es su fruto” (cf. Evangelii Gaudium, 2).

Don Bosco vivió profundamente estas actitudes. Su vida fue un testimonio de humildad activa: nunca buscó protagonismo, sino que se dejó guiar por la Providencia, reconociendo que todo lo bueno venía de Dios. Y desde esa humildad brotaba una alegría contagiosa, que se expresaba en la fiesta, en la música, en el juego, pero sobre todo en la confianza serena de quien sabe que Dios está cerca.

El Proyecto de Vida Apostólica nos recuerda que el Salesiano Cooperador “vive con humildad y sencillez, sin buscar protagonismo, con espíritu de servicio” (PVA, 12), y que “la alegría es una característica esencial del espíritu salesiano” (PVA, 11). Estas dos virtudes, vividas juntas, nos permiten ser testigos creíbles del Evangelio en medio del mundo.

En esta Navidad, estamos llamados a acoger con humildad el don de Dios que se nos ofrece en Jesús, y a compartir con alegría esa presencia que transforma. Que nuestras comunidades sean lugares donde se respira sencillez, acogida, ternura. Que sepamos mirar a los demás con los ojos de María, que guardaba todo en su corazón, y con el corazón de Don Bosco, que sabía hacer de cada encuentro una fiesta.

La alegría verdadera no nace del tener, sino del saberse amado. Y la humildad auténtica no es esconderse, sino dejar que brille en nosotros la luz de Cristo. Que esta Navidad nos renueve en estas actitudes, y nos impulse a vivir nuestra vocación salesiana con corazón agradecido y manos abiertas.

María, la Madre humilde y alegre, nos acompaña en este camino. Que ella nos enseñe a acoger al Emmanuel con fe sencilla y a anunciarlo con la alegría de los pastores.