Boletín 375, enero 1996
En el número 375 de enero de 1996 en su página 1 don José Sánchez, delegado nacional de Salesianos Cooperadores nos hace llegar esta reflexión sobre la figura de Don Bosco como «amigo de los pobres y abandonados».
Estrenar un Nuevo Año es un regalo de Dios. Todos nos hemos deseado que el «Dios con nosotros» haya tomado posesión de nuestros hogares, del corazón de los hombres, nuestros hermanos. «La Jornada Mundial de la paz», celebrada el primer día del año, nos habrá estimulado para sentirnos responsables de ese frágil y precioso bien, que es la PAZ.
Enero, para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, con la figura de DON BOSCO al fondo, es nuestro mes. El Padre renueva en todas las Ramas de esta «gran familia» la vivencia actualizada del carisma que nos mantiene unidos y que debemos avivar año tras año para que no se quede en letra muerta; para que no caigamos en la tentación de vivir de la historia, de hermosos recuerdos.
Está dedicado este año 1996 a la «Erradicación de la pobreza». Nosotros, Cooperadores Salesianos, que amamos al Padre común, nuestro Don Bosco, «el gran amigo de los pobres y necesitados» queremos aprovechar la invitación de este año para imitarle y sentirnos comprometidos con su causa.
Queremos revisar cómo vivimos lo que nos señala el RVA: «Con espíritu de pobreza evangélica, administra (cada Cooperador) los bienes con criterios de sencillez y los comparte con generosidad, evitando todo tipo de ostentación y considerándolos a la luz cristiana del bien común».(12) «Presta atención preferente a los jóvenes y, de modo especial, a los pobres, abandonados o víctimas de cualquier forma de marginación».(13)
Contribuiríamos eficacísimamente a los objetivos de este año si dedicáramos algún tiempo a recordar la historia de Don Bosco desde su infancia: «pequeño emigrante a los doce años»; mocito de cuadra en los Moglia; chico «para todo» en el café de Chieri; aprendiz de toda clase de oficios para pagarse los estudios…
Don Bosco, joven sacerdote, quedó «tocado» al visitar los suburbios de la gran ciudad industrial… Eran cinturones de desolación; jóvenes de todas las edades que vagaban por calles y plazas, jugando, riñendo, blasfemando».
Luego, nuestro Padre y Modelo, soñó y creó una obra gigantesca que, como él en toda su vida, luchara pacíficamente valiéndose de» generosos colaboradores» por erradicar -en lo posible- la pobreza de tantos jóvenes a quienes, día tras día, fue conduciendo amorosa y sacrificadamente por el camino del bien: Intentó hacer de sus jóvenes «buenos cristianos y honrados ciudadanos» enseñándoles un oficio, proporcionándoles amor y la cercanía de educadores amigos.
Don Bosco no cerró los ojos a la «revolución social» de su tiempo. Pero aplicó un «método», un sistema que resolviera de forma concreta y eficaz las carencias de tantos jóvenes. Hizo una opción preferencial por los pobres a base de amor y, mediante ella, «no dejó de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor. No se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo -más hoy día- significaría parecernos al «rico epulón», que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta» (cf. Lc 16,19. «Populorum progressio, 3).
Nuestra Obra «Cooperación Salesiana y Tercer Mundo» ha vuelto, un año más y con motivo de la Navidad, a ser instrumento de concienciación para tantas personas que se acercan a los necesitados con su generosidad y recursos económicos. Que Don Bosco, en su mes, mantenga nuestro espíritu vivo y solidario.
«Lo que hiciereis con unos de éstos… conmigo lo hicisteis»
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