Borja Pérez
El tiempo de Adviento nos invita a detenernos, a mirar hacia dentro y a preparar el corazón para acoger al Señor que viene. Es un tiempo de esperanza, de espera activa, de conversión. Pero también es un tiempo profundamente marcado por dos actitudes que, aunque puedan parecer opuestas, se complementan y se iluminan mutuamente: la humildad y la alegría. Dos actitudes que los salesianos cooperadores de la Región Ibérica estamos invitados a cultivar de forme especial este año.
La humildad es la puerta por la que Dios entra en la historia. Así lo vemos en el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios no se manifiesta en el poder ni en la grandeza, sino en la pequeñez de un niño, en la sencillez de una familia, en la pobreza de un pesebre. María, la humilde esclava del Señor, es el modelo perfecto de esta actitud: “Ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48). Y es precisamente desde esa humildad que brota su alegría: “Mi alma canta la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46-47).
También nosotros, como Salesianos Cooperadores, estamos llamados a vivir este Adviento con humildad y alegría. Humildad para reconocer que no somos los protagonistas de la misión, que todo lo que hacemos es gracia, que necesitamos de Dios y de los hermanos. Y alegría porque el Señor viene, porque su presencia transforma nuestra vida, porque el Evangelio es una buena noticia que merece ser celebrada y compartida.
Don Bosco vivió estas dos actitudes de forma clara. Su humildad no era falsa modestia, sino conciencia profunda de ser instrumento en manos de Dios. En sus cartas y escritos encontramos con frecuencia expresiones como “todo lo ha hecho el Señor” o “yo no soy más que un pobre sacerdote”. Y, al mismo tiempo, su vida estaba llena de una alegría contagiosa, que se expresaba en el juego, en la música, en la fiesta, pero sobre todo en la confianza serena en la Providencia.
El Proyecto de Vida Apostólica nos recuerda que el Salesiano Cooperador “vive con humildad y sencillez, sin buscar protagonismo, con espíritu de servicio” (PVA/E, art. 12), y que “la alegría es una característica esencial del espíritu salesiano” (PVA/E, art. 11). Estas dos dimensiones no se contradicen, sino que se potencian: la humildad nos libera del peso del ego y nos abre a la alegría de servir; la alegría, cuando es verdadera, nace de un corazón humilde que sabe agradecer y confiar.
En este Adviento, os invito a cultivar estas dos virtudes en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Que sepamos acoger con humildad los límites propios y ajenos, y que no dejemos que las preocupaciones nos roben la alegría del Evangelio. Que nuestras comunidades sean lugares donde se respira sencillez, acogida, esperanza. Que sepamos preparar el corazón para la venida del Señor no con ruido ni agitación, sino con la serenidad de quien espera con fe y con la alegría de quien sabe que Dios cumple sus promesas.
María, la Virgen del Adviento, nos acompaña en este camino. Que ella nos enseñe a vivir con humildad y alegría este tiempo de gracia, y a preparar el corazón para recibir al Emmanuel, el Dios-con-nosotros.