Borja Pérez 

Al comenzar un nuevo curso pastoral, con la mirada puesta en los desafíos y oportunidades que nos esperan, es bueno detenernos un momento para preguntarnos: ¿con qué estilo queremos anunciar el Evangelio? ¿Qué rostro de Cristo queremos mostrar a los jóvenes, a las familias, a nuestras comunidades? En un mundo marcado por la prisa, la autoafirmación y la búsqueda de protagonismo, la humildad se presenta como una propuesta contracultural, profundamente evangélica y, al mismo tiempo, profundamente salesiana.

Jesús mismo nos lo dice con claridad: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). No se trata solo de una actitud interior, sino de una forma concreta de estar en el mundo, de relacionarse con los demás, de ejercer la autoridad y de vivir la misión. La humildad de Jesús no es debilidad, sino fuerza serena; no es resignación, sino confianza radical en el Padre; no es invisibilidad, sino transparencia del amor.

Don Bosco, fiel discípulo de Cristo, hizo de la humildad una de las columnas de su espiritualidad. En sus Memorias del Oratorio, escribe con sencillez: “Todo lo bueno que se ha hecho, lo ha hecho el Señor”. Esta conciencia de ser instrumento, y no protagonista, le permitió vivir con libertad interior, sin buscar reconocimientos ni recompensas, y le dio una autoridad moral que aún hoy nos interpela. Su mansedumbre, unida a una firmeza inquebrantable en los principios, fue clave para ganarse el corazón de los jóvenes y de sus colaboradores.

El Proyecto de Vida Apostólica nos recuerda que el Salesiano Cooperador “vive con humildad y sencillez, sin buscar protagonismo, con espíritu de servicio” (PVA, 12). Esta humildad no es pasividad ni falta de iniciativa, sino una forma de liderazgo evangélico que pone en el centro a la persona, que escucha, que acompaña, que construye comunidad. Es la humildad del que sabe que todo don recibido es para el bien de los demás, y que la misión no es una conquista personal, sino una gracia compartida.

En la Carta de Identidad de la Familia Salesiana se nos invita a vivir “con mansedumbre y cordialidad, como Don Bosco, que sabía unir firmeza y dulzura, autoridad y cercanía” (CIFS, 26). Esta mansedumbre, tan necesaria hoy, es una forma concreta de caridad pastoral. Nos permite acercarnos a los jóvenes y familias con respeto, sin imponer, sin juzgar, sin pretender tener siempre la última palabra. Nos ayuda a crear ambientes donde todos se sientan acogidos, valorados, escuchados.

En este inicio de curso, os propongo que hagamos de la humildad y la mansedumbre nuestro estilo evangelizador. Que nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestras relaciones estén marcadas por la sencillez del Evangelio. Que sepamos reconocer los dones de los demás, pedir perdón cuando sea necesario, y trabajar siempre en comunión. Que no tengamos miedo de ser pequeños, porque “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes” (1 Pe 5,5).

Pidamos a María Auxiliadora, la humilde sierva del Señor, que nos enseñe a vivir con alegría esta humildad fecunda, que no busca brillar, sino hacer brillar a Cristo en medio del mundo.