Antonio Castro y Dori Márquez
Emprendemos un nuevo trienio como quien inicia un camino por primera vez. Con la incertidumbre que genera lo desconocido y la confianza que te inunda al abrir el alma a la brisa de Dios, para que, con su ternura silenciosa, se haga casa en ti.
Cada paso que damos, cada proyecto que nace de Hogares Don Bosco es una piedra que construye “la casa” donde queremos ser familia. Pero “ser hogar” es tarea compleja en un mundo acelerado, donde el cansancio se acumula y a veces el día a día pesa más que ilusiona. Por ello Hogares Don Bosco se ofrece como un pequeño salvavidas desde el que podemos dejar que Dios se haga casa en nuestras familias. Porque, solo ponerse en este camino, lo cambia todo.
Cuando Dios se hace casa
Lo cotidiano se transforma, pues aprendemos a mirar las cosas desde otros ojos, los del amor. Entonces, una comida en familia se convierte en una oportunidad para encontrarse, para querer y cuidar al otro. Conscientes de que cuidar no es poseer, de que cuidar es mostrar al otro que nos importa de verdad. Porque: “no basta amar (a los jóvenes), es necesario que se sientan amados”.
Cuando Dios se hace casa, el hogar deja de ser un lugar físico para convertirse en un espacio de confianza y consuelo donde cada uno puede mostrarse tal y como es, con su fragilidad, con sus heridas, sin miedo al juicio.
La familia se convierte en un pequeño proyecto común donde cada uno se siente responsable del otro, apoyando sueños, acompañando caídas, celebrando progresos. Un proyecto donde las diferencias son oportunidades para aprender y convivir, donde se cultiva el diálogo auténtico, el perdón frecuente y la paciencia infinita. Así se logra que el amor se vuelva acción concreta: escuchar al adolescente, cuidar al enfermo, atender al niño, estar disponible a las necesidades del otro.
Ser casa de Dios, es un acto valiente. Porque cuidar cansa. Amar cuesta. Pero también te hace crecer y es ahí, en la fragilidad, donde Dios se revela teniendo como instrumento a Hogares Don Bosco.